![]() |
| stock.xchng |
En oración, cuando el alma se halla concentrada y en comunicación
con su Creador, se puede gozar del ritmo del silencio.
Sólo en silencio se realizan las grandes cosas, las cosas fundamentales.
El cosmos, el universo, vive en silencio eterno. El
profundo, el verdadero amor, se expresa, no en las palabras sino en las miradas
en silencio.
La íntima y sagrada comprensión de los seres está más allá
de las palabras, está en una misma contemplación silenciosa. Pues aún no se
conoce ni se conocerá jamás en el lenguaje humano, una palabra, “la palabra”
que pueda contener en integridad el amor de Dios. Cristo, en virtud del gran
amor con que nos ama, ofrece a las almas en turbulencia, paz y sosiego que
hallarán al encontrarse con Él, en la más excelsa y silenciosa comunión.
Porque, cuando el hombre escapa de las tinieblas del pecado
y sale a la luz de una nueva aurora, puede divisar el rostro luminoso de Aquél
que nos amó primero.
Entonces podrá oír en el mundo silencioso de los espacios
infinitos. Afinará sutilmente sus dones de percepción y se encontrará con la
Vida misma, al deleitarse en las noches estrelladas y en la brisa que pasa a
través de las hojas.
En este recogimiento espiritual, y en esa secreta elevación
hacia lo inaccesible, descubrirá la maravilla de las gotas de rocío cayendo
imperceptiblemente sobre las flores, en la noche y aprenderá en la paz y el
silencio, un canto de alabanza.
Sólo apartándose de las perversidades del mundo y
allegándose a Cristo, comprenderá las revelaciones de la fe y sentirá la protección
divina del Altísimo.
Y esa paz misteriosa lo llevará a la sutil percepción
sensorial; y de allí pasará casi inconscientemente a la sutileza de la
percepción intuitiva.
Cuando el alma recibe la Gracia de la Salvación, se siente
libre, porque no nos llamó Dios a servidumbre sino a libertad y justicia.
En esa libertad silenciosa, no tendrá que esconder sus
lágrimas ni sus sonrisas y no se sentirá solo porque el universo entero
palpitará en él. Dios estará a su lado y le hará dirigir su vista hacia el
Calvario y recibirá el perdón de sus culpas; una paz estimulante penetrará en
él que le ayudará a sobrellevar las dificultades de esta vida.
El poder de lo Alto se manifestará en su interior con la
plenitud del Espíritu Santo, y renacerá su fe con la misma luz y solemnidad con
que el alba estival nace de la noche y entonces habrá llegado el sublime
instante en que se sentirá invadido de luz, paz y armonía.
Lejos de las corrientes arrastrantes de las aguas
contaminadas, encontrará la verdadera razón de la vida; sabrá cuán sutil puede
ser su sensibilidad, sabrá cuán poeta, cuán tiernamente poeta puede ser. Porque
el hombre es el único ser de la naturaleza, capaz de contemplar, gozar y
absorber hasta con los poros los misterios de la creación, ya que es parte y
espectador de ella.
Oyendo el eco del viento en las grutas de las montañas y el
murmullo de un lánguido arroyuelo serpenteando entre piedras de colores, se
puede sentir cuánto nos ama nuestro Creador.
Su gracia inefable se revelará y cual silbo apacible
derramará la plenitud de Su Espíritu.
Reconciliado con Dios por medio de Jesucristo, apreciará la
maravilla del mensaje del Evangelio, llegará al objeto deseado, verá coronadas
con éxito las fatigas de toda la vida y dará gracias a Dios con tanta mayor
efusión cuanto menos hicieran los hombres por secundarle.
Y los ángeles llevarán la noticia por los aires, matizando melodías
victoriosas de la Gracia, que da vida, pregonando siempre el gozo, el amor y la
virtud.
-Autor desconocido, (con mínimas alteraciones)

